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Gramáticas de un jardín sintético
MANUELA BENAIM | MAGDALENA HART
Esta beca ha sido otorgada con el apoyo de la Generalitat de Catalunya y el Ayuntamiento de Barcelona.
Texto curatorial por Valentina D’Aprile
Gramáticas de un jardín sintético se desarrolla en un espacio de tensión entre el organismo vivo y el organismo mecánico, configurándose como un campo de investigación sobre el momento en que un cuerpo deja de pertenecerse por completo. Aquí, la materia viva se vuelve permeables a materiales, dispositivos y fuerzas externas que alteran su movimiento y transforman sus condiciones de existencia, dando lugar a nuevas identidades. Una identidad mecánica que no reemplaza por completo a la biológica, sino que se superpone a ella, domesticándola y produciendo un territorio habitado por cuerpos parciales, privados de su totalidad y apartados de la posibilidad de una definición estable.
Not All Flowers Follow the Sun de Magdalena Hart abre una investigación sobre la pluralidad del girasol por ser clasificado como maleza e incorporado a sistemas de cultivo y domesticación. En dichos procesos, la planta acaba siendo apropiada como una tecnología biológica movilizada para reparar daños que no ha producido, alojando contaminantes que se acumulan y redistribuyen entre cuerpos y territorios. De esta manera, los waste lands producen también waste bodies: reparación sostenida por cuerpos vulnerables. En su pradera, sus flores ya no siguen al sol ni tampoco al código programado: motorizadas y en descomposición, giran fuera de fase.
Una tensión similar emerge en los cuerpos creados por Manuela Benaim: un torso de silicona alberga un sistema nervioso de cobre, cuyas venas recorren la superficie como circuitos que imitan la anatomía del sistema nervioso. El cobre, conductor por naturaleza, transforma el contacto en presencia, haciendo del objeto inerte un cuerpo sensible. En su relación con el observador, la escultura reacciona y se activa, explorando el campo electromagnético como material escultórico y dando forma a aquello que no vemos pero percibimos.
La materia y los elementos introducidos en las obras alteran las condiciones de existencia de los cuerpos. El movimiento se separa de su propio origen y se devuelve a través de un dispositivo mecánico, transformándose en un gesto controlado, en una partitura sintética. Al intervenir directamente sobre lo vivo, la máquina se superpone a lo orgánico, modificando sus formas y produciendo nuevas fisonomías.
Esta relación entre comando y creación encuentra un eco en El jardín de las delicias de Hieronymus Bosch. En el registro superior del panel izquierdo, un pequeño Dios preside el origen del mundo bajo la inscripción Ipse dixit et facta sunt / Ipse mandavit et creata sunt: Él habló, y fue hecho; Él mandó, y fue establecido. La creación aparece aquí como un acto de comando, a través del cual la materia toma forma en respuesta a una voluntad externa.
Aquí, ese mandato cambia de naturaleza. Ya no es una voluntad divina la que moldea la materia, sino un sistema artificial el que determina el comportamiento de un cuerpo que permanece así en una condición liminal, atravesado por elementos externos a él. De ello surge una vitalidad vigilada, cuya identidad se define precisamente a través de una coreografía de gestos y automatismos.
Las decisiones predeterminadas abren un campo para que este encuentro sea posible. Es precisamente en la convergencia de ambas prácticas donde se articula un nuevo espacio de conversación: un diálogo en el que emerge una relación que toma forma a través de la proximidad. En este terreno común, las investigaciones de ambas artistas se reflejan, se tensionan y generan nuevas posibilidades de lectura. Lo mecánico y lo orgánico dejan así de operar como categorías independientes para desplazarse de sus estados primarios y converger en un nuevo campo de investigación, donde sus límites se vuelven permeables y sus diferencias comienzan a producir nuevas formas de relación.